En La Plata celebramos a quienes logran trascender sus fronteras. Científicos, deportistas, artistas, dirigentes y funcionarios que nacieron o se formaron en la ciudad y alcanzaron lugares de relevancia nacional.
Por eso resulta inevitable que muchos platenses observen con sorpresa e incredulidad el espectáculo político que protagoniza hoy Manuel Adorni.
Nacido en La Plata y formado académicamente en la ciudad, Adorni llegó a convertirse en una de las figuras más importantes del gobierno nacional. Un ascenso político que lo llevó desde su ciudad natal hasta la Jefatura de Gabinete de la Nación.
Sin embargo, en lugar de ser noticia por su gestión, quedó en el centro de la escena por una declaración jurada que parece escrita por los guionistas de una comedia.
La explicación oficial parece exigir un nivel de fe admirable. Resulta que había cientos de miles de dólares que no figuraban donde debían figurar, pero no porque provinieran de algo irregular —según la versión oficial— sino porque estaban vinculados a inversiones en Bitcoin realizadas hace más de una década. Una fortuna que apareció después de meses de preguntas públicas y cuestionamientos sobre su patrimonio.
La escena es casi caricaturesca. Mientras a cualquier monotributista le observan hasta el último movimiento bancario, un alto funcionario explica que parte de su patrimonio proviene de cientos de miles de dólares obtenidos mediante criptomonedas años atrás y que no habían sido declarados correctamente. Y pretende que la sociedad simplemente asienta con la cabeza y siga adelante.
La pregunta no es jurídica. La pregunta es política.

¿De verdad esperan que la sociedad reciba semejante explicación sin hacer preguntas?
Porque mientras miles de comerciantes platenses son inspeccionados, mientras profesionales, emprendedores y trabajadores deben justificar cada movimiento ante ARCA, bancos y organismos públicos, un alto funcionario nacional explica inconsistencias patrimoniales con una naturalidad que asombra.
Lo más preocupante no es el patrimonio. Es el mensaje.
La sensación que deja todo este episodio es que algunos dirigentes creen que la ciudadanía perdió la capacidad de sorprenderse. Que alcanza con una conferencia de prensa, una explicación improvisada y una sonrisa para cerrar cualquier discusión.
El nuevo sueño argentino ya no sería llegar a la casa propia. Parece ser encontrar en algún rincón medio millón de dólares en bitcoins que uno había olvidado explicar durante años.
Puede sonar exagerado, pero esa es precisamente la sensación que quedó instalada en gran parte de la opinión pública. No por los montos en sí mismos, sino por la liviandad con la que se presentan explicaciones que, en cualquier otro ámbito, generarían una catarata de preguntas.
Los platenses conocen demasiado bien el valor de la educación, del esfuerzo y de la responsabilidad pública como para aceptar relatos que parecen cada vez más difíciles de creer.
La Plata ha dado grandes dirigentes al país. También ha dado funcionarios cuestionados. Lo que nunca debería naturalizar es que quienes alcanzan los máximos cargos públicos respondan con relatos que exigen más confianza que evidencia.
Porque cuando las explicaciones generan más dudas que certezas, la transparencia deja de ser una política pública y se convierte en un acto de fe.
Y la fe, en democracia, nunca puede reemplazar la obligación de rendir cuentas.

